Recuerdo muy bien aquel día cuando me desperté y resultó que no tenía cuerpo.
No, no había muerto, seguía perfectamente viva, incluso más viva que antes.
Sólo que mi cuerpo, tal y como yo lo conocía antes, había desaparecido.
Madre mía, cómo gritaste al descubrir que ya no podías tocarme.
Lloraste tanto por la pérdida de mi cuerpo, que ni te fijaste en que yo seguía a tu lado.
Empezando a dudar de mi propia existencia, salí a la calle y me encontré con un amigo.
Él me vio, me dio un abrazo fuerte y como si no hubiera ocurrido nada me dijo:
"Hoy te veo especialmente guapa. Iba a la biblioteca, me acompañas?".
Y nos fuimos mientras tú seguías buscando mi cuerpo desaparecido.
¿Y sabes que te voy a decir?
Si algún día lo encuentras,
quédatelo.
A.Esse.