PRONOMBRES
Con sus maletas vemos a los jóvenes estudiantes extranjeros en el aeropuerto.
De la mano, muchos papeles. Aturdidos por el vuelo, las horas pasadas y el calor o el frío al llegar, intentan descifrar un horario de autobuses o trenes.
Cansados del viaje, alguno de hasta 24 horas, se enfrentan a la dura tarea del idioma, pero ellos son muy valientes. Al principio están asustados, pero realmente no lo están. Yo los admiro. Muchos, con un par de palabras en la memoria, tratan de entendernos de la mejor forma posible. Les importa muy poco no saber hablar español correctamente o no entender todo lo que decimos, a veces, tan rápido que ellos solo sonríen y cierran los ojos, de nuevo asustados. Los abren sólamente para volver a preguntar: ¿puede repetir, por favor? entonces nosotros repitiéndolo todo otra vez y subiendo el volumen les decimos: “para ir a la estación debes coger la línea 8 de metro si no llevas muchas maletas, no las pierdas de vista, y si llevas mucho equipaje, lo mejor es coger un taxi que te puede llevar directo hasta la estación”
John llegaba a las 7 de la tarde de un domingo. Lo conocí allí mismo, en la estación donde fui a recogerle. A John todo le parecía extraño y al mismo tiempo cotidiano, sería porque todos hacemos lo mismo: cogemos y dejamos trenes o autobuses, nos encontramos con gente, nos despedimos y lloramos.
Para mí era ya como un amigo. Lo llevé al apartamento, su equipaje lo dejé en el coche mientras pasaba por el colegio a recoger unas sábanas, las que él necesitaba para su cama y las llaves de su nuevo alojamiento. Él me conto que estaba nervioso, era la primera vez que estaba en España y salía de su país, Inglaterra ¡y sí que lo era porque pensó que me había equivocado al coger la curva por la derecha y no por la izquierda! Se extrañó tanto que tuve que explicarle cómo se conducía en España y lo entendió rápidamente.
Después de dejarlo en su apartamento quedé con él a las 9 para enseñarle la ciudad y tomar algo. ¡Le encantó! Estuvo conmigo casi toda la noche, nos divertimos muchísimo, y su primer contacto con la vida española acababa de empezar. No paró de darme las gracias toda la noche, se sentía muy querido, y a pesar de su poco nivel de español con el que era capaz de transmitir mucha serenidad y un cariño entrañable, se mezclaba con la gente y con los lugares.
Lo pasamos genial la verdad, y cuando a menudo recojo a otro amigo como John o como Laura, o como Keiko o como Si Jing pienso en lo que dejan atrás, tan lejos, pienso en su familia, (la echarán mucho de menos) y en esa osadía tan perfecta que hasta yo sería incapaz de llevar a cabo en sus países y en sus cosas. Ellos no compran diccionarios, los escriben, sobre todo cuanto tengo que ir a recibirlos y enseñarles que ellos mismos son la mejor escuela.