Estaba tan nerviosa que se le cayó el anillo de la mano mientras su futuro marido le miraba los nudillos recién llegados de la manicura. Detrás de ella, su padre, con más ganas aún que ella de escuchar ese esperado sí, ese deseado, anhelado y suspirado sí. Ese sí que tantas veces había visto dibujado en la boca de su hija.
Su madre hacía apenas cinco minutos que había salido de la iglesia en los brazos de otro hombre, inconsciente, desmayada ante la triste mirada de su hija, que con la boca cerrada le había dicho que no, otra vez que no, que no podía.
Ella se agachó a por los anillos y chocó con su padre que también se había agachado. Los recogió y se miraron muy despacio, el padre solo esbozó una falsa sonrisa, y al traducirla, ella sintió una presión en el pecho que le hizo encogerse lentamente. Ella hacía tiempo que tenía los ojos desencajados, casi pegados a su boca, en sus comisuras, uno a cada lado. Él se sentó y agachó la cabeza. Entonces, su todavía novio, ante la deflagración que estaba a punto de suceder, intentó templar los ánimos, le puso la mano en el hombro y consiguió que se incorporara poco a poco. Se mascaba la tragedia...El cura les tomó de la mano y entonces ella, en voz baja y sorprendentemente dijo sí... y él, ante el asombro del respetable público que había acudido a la celebración, le espetó con lágrimas en los ojos que no.
A.Pérez