El alfarero, con las manos ligeramente humedecidas de la barbotina, tenía ante sí el reto más difícil de su larga vida de artesano.
Aquella tarde hizo girar una y otra vez la rueda y presionó la arcilla con fuerza moldeándola durante horas y horas hasta que, vencido por el esfuerzo, dejó de sentir sus piernas y se quedó dormido frente al torno.
A la mañana siguiente, puso en el horno la pieza y la sacó horas después fortalecida. Él mismo le puso los esmaltes y volvió a introducirla en el asadero. Al sacar la pieza se emocionó y una lágrima cayó dentro de la vasija.
Estaba a punto de guardar para siempre, las cenizas de su hija Lucía.
A.P.