Aquel hombre pintaba retratos.
Seguro.
Lo conocí hace varios años en una subasta de cuadros antiguos, en Dublín. El tipo parecía de piedra, sentado a mi lado en la última fila de aquel salón de actos lleno de pamelas y de glamour británico. El susodicho y un servidor parecíamos estar cortados por el mismo patrón. Me hizo gracia pensar que tal vez como yo, fuera simplemente un pintorcillo aficionado al que le gustaba aparentar yendo a este tipo de sitios, levantando la mano los primeros, sabiendo que nuestra oferta sería ampliamente superada pero dejando al menos un rastro de nuestra presencia. Pero aquel tipo no iba de farol. Se hizo con un bonito retrato de finales del siglo XIX de una cortesana de unos treinta y tantos, con la mirada perdida y las lágrimas a punto de brotar de sus ojos. Al salir de la sala, me acerqué a él y le comenté que me parecía que había hecho una buena compra. Sorprendido, me invitó a tomar un café y la conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida… creo que terminamos hablando de la expresividad de dolor en las imágenes religiosas.
No soporto el dolor, me dijo, es superior a mí. Veo un rastro de dolor y siento la terrible necesidad de liberarlo, salvarlo de las garras de cualquier mal nacido que entristezca su vida gracias al drama de sus gestos. Aunque aquel hombre me resultaba un poco extraño, la conversación era amena y más tarde me invitó a conocer sus cuadros a su casa, el tipo quería demostrarme no sé qué historia cromática del dolor. Me llamó la atención que las paredes estuvieran llenas cuadros de paisajes o decorados nobles de donde parecía que habían volado por arte de magia los personajes. Ni un solo retrato en toda la casa. Pinto retratos, me dijo, ¿Ah sí? ¿está de broma? ¿y dónde los tiene? ¿jugando al mus? Sí me respondió, están todos en el jardín esperándole. Entonces salimos a un pequeño patio, en la parte trasera de la casa y me encontré con rubias posaderas del barroco sirviendo vasos de vino a poetas borrachos, en una esquina, sentada en un silla una princesa delante de un espejo esperaba a las doncellas que estaban terminando de apretarle el corsé a su hermana, de pié cerca de nosotros tres cazadores llenos de perdices en la cintura limpiando sus escopetas, y familias al completo, muchas familias, con perros incluidos, todos en blanco y negro sentados a la mesa, los niños a un lado, los mayores a otro. Todos sonriendo, sin el más mínimo gramo de tragedia en sus rostros. Todos liberados de la pena, me dijo. Y entonces una cortesana muy joven se acercó a nosotros y le preguntó a mi amigo. ¿Has traído a mi hermana? Él con media sonrisa en la boca le contestó: Sí, aquí la tienes.
A.P.