Aquella era una de esas tardes frías, tristes en las que uno sólo quiere llegar a casa y desenchufarse delante de la televisión. En la esquina de la calle Compañía con la plaza del maestro Salinas estaba aquel hombre con su acordeón. Siempre en el mismo sitio y tocando la misma canción; sé que era una de Gardel, pero no acierto a recordar cuál. Sí recuerdo lo que me dijiste la primera vez que le escuchaste. No olvido tus lágrimas por la cara, sintiéndose libres y, al mismo tiempo, condenadas a un mismo final, marcando un mismo ritmo que el de las monedas que caían sobre el gorro de aquel músico. Me dijiste que yo te ayudaba a ver la magia en esas cosas por las que antes tú sólo pasabas de largo… Me pregunto qué estarás haciendo ahora, pero mi cuerpo no aguanta tanto dolor y me obliga a pensar en cualquier otra cosa.
Aquella tarde fue la primera vez que te volví a ver desde lo ocurrido. Creo que tú no llegaste a verme; mejor así. No pasa un día sin que me pregunte porqué dejamos que ocurriese todo. Después de verte, mi cuerpo, que hasta ese momento estaba helado, empezó a llenarse de un calor agobiante que no me dejaba ni respirar; incluso sentí que me mareaba. Tú, sin embargo, reías feliz, como despreciando a todos los que estábamos en esa calle. Mirabas con atención a aquel hombre al que estabas agarrada y pasaste por delante de aquel músico mirándole como si fuese un mendigo más.
En realidad, no sé muy bien por qué escribo estas líneas. Tú ya no estás aquí; ni siquiera pensarás ya en mí. Quizás todo esto no sea más que un capítulo descolgado de la historia de mi vida. Sin un principio, ni un final, sólo con una banda sonora triste y desafinada que intenta, por las esquinas, aportar un poco de magia a tanta realidad.
Edu H