EL JARDÍN REMOVIDO
Mi tía acabó sola y enloquecida. Se despegó del mundo, no sé si a la fuerza, y encerrada en la enorme casona pasó los últimos años de su vida rodeada de gatos y rehuyendo de las pocas visitas de los familiares.
Se extinguió dignamente, no obstante, vendiendo a anticuarios, marchantes y gitanos objetos y muebles cuando ya no hubo tierras de que disponer. A la vez que a su alrededor el número de gatos se incrementaba hasta las varias decenas, que campaban como amos por las habitaciones y el patio, bien alimentados, limpios.
Yo no la recuerdo bien. Cuando murió heredé su casa, esta casa, hace dos años; hecha un fantasma de lo que en su vida debió de ser. Entonces la agencia municipal de protección de animales se llevó los gatos, en dos furgonetas, mientras se velaba su cuerpo en casa, como se hacía antes.
Llevo seis meses viviendo en esta casa. Al acabar los estudios encontré trabajo en la ciudad. No hay gatos ya. Yo tampoco tengo gato. Pero esta tarde he enterrado el gato número diecisiete. Es como si regresaran para morir, como si volviesen a la fuerza, viejos o enfermos, famélicos, medio extinguidos. O volvieran para verla a ella. Empiezo a estar harto.
J.L Cobreros