Los gatos paseaban guardianes por aquellas calles de tanta sombra y tanta luna. Era como si quisiesen preservar el aroma a sueño de todo el pueblo, para que cuando amaneciese cada uno recordarse claramente lo que había soñado. Recuerdo que tú, nerviosa, tarareabas una canción para intentar olvidar que te encontrabas sola conmigo. Sé que no estaba bien, pero aquel momento ya lo había vivido muchas veces dentro de mi imaginación, aunque creo que a ti te había sucedido lo mismo.
Ya estábamos muy cerca de tu casa y aún no sabía cómo iba a lograr hacer desaparecer aquellos nervios que me paralizaban hasta las pestañas. Por momentos, pensaba en salir corriendo y que todo siguiese igual; nos veríamos al día siguiente, y, yo, seguiría pensándote como siempre lo hice. De hecho, si recuerdas, hice un amago. Intenté despedirme amistosamente, con pena por no atreverme a dar el paso. Sin embargo, tú, que parecías muerta de miedo, me diste la fuerza para saber que no era necesario imaginar más. Nos condujiste a aquel callejón y le ofreciste aquel tarareo a mis labios.
A noches, cuando estoy a solas, me parece que los gatos siguen maullando lo que es desde aquel día, ya, nuestra canción.
Edu H.