La ciudad se vuelve contra mí en tu ausencia, los bancos en los que nos dijimos de todo… las aceras… hemos estado en todos y cada uno de los bares de esta maldita ciudad… y en todos hay un reproche en sus paredes, una lágrima que se escapa, un cuadro que sigue allí, el mismo camarero… la ciudad se vuelve contra mí en tu ausencia.
En cada esquina de esta maldita ciudad hay una tarde de domingo, un gesto de desaprobación, una huella del pasado que nos sacudió, es imposible caminar por sus calles sin naufragar por los recuerdos. Todos los cajeros automáticos en que sufrimos, los pasos de cebra que hemos cruzado odiándonos mutuamente. La terrible distancia que separa nuestros cuerpos al caminar. Esa frontera visual que nos desune en la Plaza. El insoportable recuerdo de los primeros años en una ciudad que se vuelve contra mí en tu ausencia.
Juraría que hay restos de la ceniza de tu cigarro en la mesa en la que estuvimos más de 40 minutos sin hablarnos… en el escaparate en que nos refugiamos para limpiar las lágrimas siguen los mismos zapatos, la misma empleada. Nos mira y nos saluda. Piensa que somos felices. Qué majos. La ciudad se vuelve contra mí en tu ausencia.
Todos los malditos quioscos en los que apagar el fuego de los ojos, el dinero gastado en unas gominolas que mitigaban el odio… ahí están, en el mismo lugar… todo sigue exactamente en su sitio incluso tú… bajando por la calle Zamora con ese vestido tan parecido al de la bronca del pasado jueves.