Yo te decía que no y tú que sí
luego me derretía,
como nos derretimos todos, aunque todos lo neguemos,
y decía que de acuerdo, que sí.
Y entonces tú,
con esa mirada
que conseguía tirar abajo cualquier edificio en pie,
con esa fuerza incombustible,
con esos gestos de maldad supina
que quedarán para siempre en mi memoria,
me decías entonces que no,
que ahora tú ya no querías.
A.P.