Una de romanos cantaba Sabina en aquel bar mientras los hielos de mi copa se iban emborrachando. A los lados, poca y mala gente; tan mala como yo y tan poca como tu presencia. El camarero cansado ya de tanto verso y tanta mala rima iba apagando disimuladamente las luces. ¡Eso no es humano! Proclamaba un borracho desde el fondo mientras salía con sus piernas dudando. La última y me voy, te dije como si estuvieras allí.
Al salir, con la fuerte naciente luz del sol, el alcohol empapó mi conciencia aún más contra el pecho y tu dolor aceleró mi ausencia. Ya en casa, acostumbrado a esa rutina, malcomí algo y me preparé para dormir. Tampoco esa vez estabas allí esperándome. Soñaría, como cada noche, que tú no te habías ido y que yo no te esperaría impaciente escuchando otra de romanos.
Edu H